Para matar el aburrimiento de esa tarde somnolienta, mesero y barman se acodan en el extremo apartado de la barra. Intercambian impresiones y conjeturas. Conversan sobre ese caballero, que tanto deja suculentas propinas como se limita a pagar el importe exacto de sus consumos, mediante el consabido expediente de firmar la adición con cargo a su habitación. Terminan por concluir sobre la causa posible de su proverbial ensimismamiento: se trata del contador de una empresa al borde de la quiebra. El señor se devana los sesos, tratando de encontrar una salida financiera. Se acercan bastante a la verdad. Él suma y resta pensamientos, con el propósito de reordenar su vida. En su interpretación, trastocan ideas y sentimientos, por números. Redondean su diagnóstico: no es una persona deprimida, siempre mira hacia adelante. Tampoco desesperada, permanece muy quieto durante horas, sin manifestar intranquilidad alguna. Tiene un gran poder de concentración, admiten admirados.

Abstraído en sus especulaciones no advierte la partida de la dama. Ni siquiera la oscuridad, ennegreciendo ventanales, lo altera. Las siete campanadas del gran reloj consiguen despertarlo. Mete los dedos en el bolsillo del chaleco y saca su reloj; comprueba, con cierta satisfacción, que sigue funcionando con exactitud. En la cuenta estampa su firma, sin nada agregar en el rubro propinas. Se levanta y sale.

Encaminándose por el amplio hall hacia la recepción, cumple con su cotidiano ritual. Al cruzar el umbral del bar, mira hacia la araña que pende de la distante cúpula. Sonríe del puro placer que le da contemplarla y juega el juego que juega todas las veces que pasa por el recinto. A riesgo de chocar con cualquier persona que se cruce en su trayectoria, camina sin apartar la mirada del objeto. Gozo tras gozo se van sumando a medida que las diversas perspectivas del lumínico se le presentan. En ocasiones, desvía levemente el recorrido, para agregar nuevas dimensiones al placer desde las angulaciones así obtenidas. Cuando cruza el cenit de su relación con el enjambre de luces, el cuello empieza a quebrársele. Va girando sin pestañear, para no perderse nada de lo visto, quedando de espaldas al objetivo hacia el cual se dirige. Retrocede, hasta chocar suavemente con la recepción. No hay impacto, ya tiene medida la distancia con la referencia visual del candelero. Estira la mano y el empleado coloca la llave de su habitación. Anticipándose a la consabida pregunta, le informa que no hay correspondencia para él.

Se dirige hacia las escaleras, manteniendo la mirada en el lucerío deslumbrante. El primer peldaño y un nuevo centro de su interés. En ese momento comienza el ascenso, su mayor necesidad. Subir, escalar desde la situación actual. Emerger hacia una superficie más adecuada. Al llegar a cierto nivel, vuelve a mirar la araña. Desde ese punto también observa a los otros. A los sorprendidos que le ven por primera vez. Se siente divertido; interpreta su actitud como un gesto infantil en su conducta. Pese al tiempo transcurrido y a la adultez que, es de suponer, posee. Más dentro de estos avatares que lo orientan hacia un comportamiento amargo o, al menos, cauteloso.

La araña es su intrincada existencia. La realidad esencial de sentirse cautivado por su belleza y desear verla desde todos los ángulos posibles. Quiso contemplarla desde arriba. Realiza una serie de gestiones con las autoridades del hotel. Solicita acompañar a los empleados de la limpieza cuando asean el vitral de la cúpula, desde la cual está suspendida. Estas tramitaciones, a la par que lo encaminan hacia el empeño, tienen la virtud de distraerle de sus preocupaciones fundamentales, trayéndole un remanso a ese pensar constante que parecía ser el sino del período hotelero. En el peregrinar por la escala jerárquica para el logro de su objetivo, vive un hecho singular: hablar con el dueño del hotel, privilegio del que muy pocos podían vanagloriarse.

El viejo, así lo llaman sus empleados, con sus 84 años, vive recluido en uno de los pisos del establecimiento. Comentan que en los últimos siete, por lo menos, no había dejado esa residencia. Muchos pensaban que estaría muerto. Decían que el cargo de gerente, que su hijo ostentaba, era una patraña para evasión fiscal o algo así. Ese hijo, periódicamente le visitaba en su retiro. El propósito era informarle (mentirle, pensaba) sobre la marcha de los negocios, de los cuales, el hotel es sólo una parte.

Cuando el gerente recibe la visita de ese extraño huésped con tan insólito pedido, lo primero que cruza por su mente es que se confirmaba su teoría del escandaloso aumento de la locura, con índices sin precedentes y a escala mundial. Es necesaria una guerra, se dice. Pacientemente le explica que es imposible acceder a la solicitud, por los riesgos que entrañaba subir a esas alturas. El hotel no puede asumir una responsabilidad en la que estuviera en peligro la vida de uno de sus clientes. Le dice que le firma un documento liberándolos de toda posible culpa. Inútil. El gerente piensa que se trata de un suicida que busca un lugar espectacular para realizar su acto y mantiene su negativa. Lejos de aceptarla, su interlocutor se lanza en una verborreica argumentación sobre angulaciones, perspectiva, puntos de fuga, punto del observador y del mismísimo punto de vista de quien diseñó y construyó esa maravilla que, hasta un momento antes, el gerente creía que sólo servía para iluminar. La vehemencia del personaje le recuerda que su padre varios años antes, ¿tantos?, había contado en la mesa familiar cómo la araña fue adquirida por el abuelo. Le pareció entonces, y lo refrescaba ahora, que su progenitor fue creciendo en el entusiasmo a medida que desarrollaba la anécdota. Es singular que alguien se interese de tal manera por algo que estaba guardado en su historia particular. Era lógico, entonces, juntar a esos dos hombres. Además, la cita tendría la virtud de entretenerle dado que permanecía solo tantas horas al día. Le informa a su visitante que la autorización no depende de él, apenas gerente, sino de su papá; el único dueño del hotel. Así lo despide, con la promesa de gestionar una entrevista.

(Fragmento novela)