El ómnibus trascurre por las calles de la ciudad capital. Casas bajas y bardas que medio las ocultan. Hay color en las edificaciones que les transmite un aire juguetón al conjunto. En la parsimoniosa calma provinciana es un sentimiento reparador el encuentro con esa paz tan lejana del angustiante ajetreo del cual llegaba. Consulta con el conductor sobre las direcciones que le habían dado y éste le explica que si quiere le puede avisar sobre un punto donde bajar, desde cual estaría más cerca sin necesidad de llegar al final del recorrido

Desciende del vehículo y preguntando llega hasta las pensiones sugeridas. Una cuadra separa una de la otra. Frente a ellas un enorme sitio baldío es lugar propicio para el estacionamiento de los camiones interurbanos donde varios esperan para continuar con su recorrido. A mitad de camino entre las dos una sala de billares y bar le parece que es el sitio adecuado para intentar encontrar su posible transporte. Ingresa, al fondo del salón el mostrador al que está acodado su propietario.

-Voy hacia el norte, ¿conoce alguien que lleve esa dirección?-

El hombre lo ve con distraída curiosidad, luego mirando hacia la entrada, grita.

-¡Eh! ¡Mechuda!

Una mujer que toma un café en una de las mesas cercanas al ingreso, levanta la vista.

-¡Llegó tu compañía! Andá con ella que te puede llevar.

Se dirige hacia el sitio donde se encuentra bajo su atenta revisión.

-Hola, disculpá, pero estoy viajando y me dice el de la barra que me podés acercar.-

-¿Dónde?

-Hasta Villa Dolores.-

-Paso por ahí, voy para Cruz del Eje, pero te dejo ahí. Sentate.-

Se acomoda frente a la mujer y con un gesto le pide al mozo un cortado.

-En realidad voy hasta allí, un poco más arriba.-

-¿Ah, sí? Te llevo. ¿Dónde?-

-A Dean Funes, bueno, es que desde allí tengo que encontrar el modo de llegar a Cerro Colorado.-

-No lo conozco y de Cruz del Eje tomo pa La Rioja.-

-Sí, claro, entiendo. De todas maneras tengo que pasar por Villa Dolores porque necesito ver si me escribieron de mi casa.-

-¿Tu mujer?-

-No, mis viejos.-

-No hay drama, te aguanto. ¿En qué lugar?-

-En la Terminal.-

-Hecho.-

-¿Cómo te llamas?-

-Zamira.-

-¿Árabe?-

-Me parece que mi aspecto lo confirma.-

-Indudable. Me llama la atención, nomás, tu profesión.-

Lo mira, inquieta.

-¿Por?-

-Bueno, no es común mujeres camioneras y más aún por tu ascendencia. Las familias de tu origen suelen ser tradicionales, más cerradas.-

-¿Conocés muchas familias?-

-No sé si tantas pero por vecinos o compañeras de estudio me fui formando esa impresión que por ahí no es más que un prejuicio.-

-Mi viejo es de esa línea. Imaginate que me casó con un tipo que él eligió cuando era una pendejita, 16 años. El fulano, Gamal…-

-¿Cómo Nasser?-

-Sí, igual, así se llamaba, bueno, se llama, ya lo estoy matando. Murió la relación, él sigue vivo y jodiendo a otra gente. Me doblaba en edad, un macho posesivo que mi padre escogió porque su familia era de la misma aldea que mi abuelo. ¿Nos vamos?-

Solicita la cuenta y paga mientras ella va hacia el baño. Cuando regresa salen encaminándose hacia la playa de camiones que está cruzando la calle. El vehículo, enorme y un tanto viejo, tiene una cabina frontal y en su interior, atrás del asiento del conductor, el camastro. Ella abre una puerta lateral que se ubica debajo de la litera y le invita para que coloque allí su mochila. Suben la escalerilla y se instalan. Cuando le da marcha el camión emite un quejido y se estremece, la cabina vibra, una vez. Luego de un silencio comienza a agitarse con temblores compulsivos, finalmente el tembladeral se estabiliza. Cuando coloca la primera, el vehículo da un respingo y poco a poco comienza a desplazarse. Sale a la calle lateral, en la primera esquina gira a la izquierda y un poco más adelante toma la carretera.

(Fragmento novela)