Al escritor, al narrador, las historias lo habitam, así con eme, dada la complejidad del proceso, porque la eme es una ampliación de la ene, contiene más, es más misteriosa, por eso misterio y más se escriben con eme y no con ene. Aunque Roberto Rossellini decía que el misterio no existía, sólo era lo desconocido pero que en algún momento se podía alcanzar, en tanto Alfred Hitchcock se definía como un enigma dentro de un misterio.

Esas imágenes, esas narraciones no le pertenecen, están ahí, insondables, y lo llaman, lo despiertan en la madrugada. Lo que está de su lado es el esfuerzo por levantarse cuando, a lo mejor, sólo es una frase que luego podría ampliarse o encajarse en un contexto. La apropiación se produce cuando escribe. Cuando se publica ya no le pertenecen, otra vez, porque publicar es eso, no es sólo imprimir, es que toman estado público y ahora habitarán en los otros.

El proceso de la escritura puede tener un momento primero cuando usa un cuaderno para hacerlo y en la medida que lo concibe aparecen otras ideas que no pudieron penetrar en el discurso gráfico. Entonces está el margen, otra palabra con eme, para intercalarlas.

Ahora, no podemos proponer marración, porque quedaría unido a marrano y no es un epíteto muy conveniente en su etimología de cerdo y por extensión sucio. Claro que hay muchos que se lo endilgan porque lo dicho a veces los afecta. El escritor ha tomado a alguien como modelo o utiliza una historia que ofende a ese lector (…)

Todas posibilidades de encuadramiento para elaborar un discurso que puede apelar a diversas formas del relato desde la ciencia ficción a la fábula interior pasando por los vericuetos de la cotidianidad o jugar con lo filosófico. Porque pensar en el espacio y sus dimensiones es obra de filósofos, de físicos o de literatos: «Si el espacio es infinito estamos en cualquier punto del espacio. Si el tiempo es infinito estamos en cualquier punto del tiempo» dijera el incomparable Borges. Tal fundamento arranca desde el filósofo griego Arquitas de Tarento quien imaginaba que si llegaba al extremo del Universo y extendía su bastón éste no encontraría resistencia y podría caminar un poco más y volver a adelantar su bastón con idéntico resultado y así sucesivamente hasta el infinito por lo cual, concluía, que el espacio lo era.

Si bien, sostiene Hartmann, se puede decir que es interminable, pero no infinito, porque esta palabra implica una noción de medida y el espacio no es mensurable, nos instala en la idea de eternidad, así el espacio es eterno, dará posibilidad de existencia a las cosas por siempre como lo hizo desde siempre y esto implica al tiempo que comporta las mismas características, es eterno.

Frente al abismo de lo desconocido, de lo incomprensible, necesitamos acotar el tiempo y para ello construimos relojes intentando aprisionarlo y, fundamentalmente, narramos. El relato nos coloca en una dimensión que nos permite saber que estamos vivos, que la vida transcurre, en ese fondo de tiempo que es un hendedura inconmensurable. Contamos, nos contamos, escuchamos y así la noción de finitud de nuestra vida precaria encuentra una distracción que nos piensa eternos y que otro día vendrá después del que hoy se precipita hacia su final. Entonces la narración lo envuelve todo, sin ser fundamento de la existencia le da sentido a nuestra minúscula presencia.

(Fragmento)