En el cristal tornasolado que semejaba a un gran espejo urbano me detuvo un algo, un objeto tal vez, que en él se reflejaba. Parecía venir de entre los edificios de la acera de enfrente, pero mi posición me impedía que pudiera buscarlo en forma directa, sólo lo percibía en ese zigzag de la reflexión. Tratando de tomar distancia con el origen y en la intención de poder verlo rectamente, me acerqué a aquel espejo gigantesco. Bañado y enjabonado por la luz del atardecer que en su diagonalidad le imponía zonas de confusión y otras de acierto a su función de mostrar lo opuesto. Pensaba que si conseguía arrimarme al máximo al escaparate desmesurado, podría lograr ver lo que había llamado mi atención; sin poder definir aún qué era ese ser oculto y semi evidenciado que me había detenido en forma tan abrupta y demandante, pese a la prisa que me aquejaba por otros significativos menesteres. Al acercarme, lamenté la ecología que glorificando a la naturaleza había construido tal foso con un jardín medio sumergido con bellas plantas que lo adornaban. Me pegué a la baranda y giré mi cabeza en busca de lo ignoto sugerente. Sólo se veían los contornos edilicios sin nada significativo a mi interés. Volví a mirar el cristal tratando de descubrir en el propio reflejo, inútil. A punto estaba de abandonar mi intento cuando los propios rayos de luz refractados que iluminaban el interior, la descubrieron. Eran sus ojos apasionados los que me convocaban a quien sabe que complicidades. Tímidamente levantó la mano para saludarme. Pero era tal mi estupor que giré buscando al que tal vez sería el destinatario, no había nadie. Loco de alegría le respondí en forma más que elocuente, quizá la asusté. Le hice señas, indicándole que iría por ella al interior de la gran tienda departamental. Asintió, grácil. Me encaminé presuroso hacia la puerta que estaba a un distancia considerable, y entré para buscarla con el corazón a borbotones. Cuando llegué había una imagen, que sonreía y saludaba. Voluptuosa en su hilo dental, que estaba promocionando.