Cuando llegué al aeropuerto de Venecia pregunté por un hotel. Me recomendaron uno que se llama La Fenice. Su nombre se debe a que se encuentra junto al teatro del mismo nombre, especializado en la ópera. Es significativo porque allí se hospedaba María Callas cuando llegaba para participar en algún espectáculo. Todo lo fui descubriendo después. El hotel, relativamente pequeño, respiraba un aire difuso de algo que fue importante en su momento pero que ya había perdido ese sesgo particular. Prueba de su pasado esplendor podía atisbarse en las fotografías que colgaban de sus muros, con nombres significativos de la intelectualidad local y algunos ilustres italianos e internacionales. Algo de aquellos momentos insignes se concentraba en el salón que en la mañana se ocupaba para dar el desayuno a los huéspedes y en ciertas noches acogía a contertulios de una comunidad intelectual y artística local.

A Venecia se le llama la ciudad de la laguna porque el conjunto de sus 120 islas se asienta sobre esa masa de agua. Sin embargo, lo siento despectivo, Mann la llama ciudad del mar, entonces sería mejor que fuese un lago. Laguna también se emplea para el olvido y si hay algo imposible de olvidar es Venecia.